Opinión

Ni una piedra más en tu mochila

Hace cinco años coincidí con un amigo psiquiatra y le pude plantear una cuestión que llevaba tiempo rondándome la cabeza. ¿Qué está pasando? ¿A qué responde este auge de las enfermedades mentales al que asistimos? ¿Es un fenómeno nuevo o siempre han estado ahí pero nadie les prestaba tanta atención?

Un artículo publicado por The New York Times ha provocado un intenso debate sobre el uso de las fuentes anónimas
photo_camera Cada vez estamos más expuestos a la información

Estuvimos charlando bastante tiempo y salieron varios temas interesantes. Me explicó, por ejemplo, que el progreso científico ofrece ahora medios técnicos nunca vistos. Esta tecnología ha supuesto una revolución también en este campo. Ofrece, por ejemplo, más posibilidades para el estudio y análisis del cerebro y su comportamiento.

El escáner es un instrumento de finales de los años 80. Hasta ese momento, apenas se sabía nada acerca de nuestra mente. Entonces, empezaron a descubrirse pautas, alteraciones y patologías que se ignoraban hasta esa fecha.

Pero a continuación añadió algo muy interesante. Es cierto que esta sociedad contemporánea que estamos construyendo se ha convertido en un caldo de cultivo ideal para enfermedades psíquicas inéditas. ¿Por qué? Porque nuevos son también los desafíos. Y me habló, por ejemplo, de las nuevas formas de vida.

Todo a nuestro alrededor ha cambiado. Cada vez hacemos más vida en la ciudad y menos en el campo, por ejemplo, con lo que esto último tenía de reparador. La vida rural maneja otros tiempos, más acordes a la naturaleza humana. Las plantas exigen un tiempo para crecer, no se puede forzar su evolución. Los animales también siguen ritmos pautados, a los que resulta sencillo amoldarse. El clima también educa en la espera y en la paciencia. La urbe es otra cosa.

La competencia laboral ahora no tiene parangón con el pasado: ese frenesí por obtener más y mejores resultados es también el germen de un sinfín de congojas. No da tiempo ni a disfrutar del éxito, porque el que se conforma pierde. Ese más, más, más sin límite hace saltar por los aires a cualquiera.

Con todo, pese al progreso experimentado en tantos campos, ahora vivimos una vida más precaria: el empleo no es un valor seguro, soportamos deudas asfixiantes y nuestro futuro es cada vez más incierto. Volviendo a la vida rural, el campo asegura una subsistencia. Y la ciudad, no.

Al final de la charla, mi amigo mencionó un último aspecto muy interesante. En esta sociedad recibimos más información que nunca, disponemos de un conocimiento más global: pero ¿estamos preparados psicológicamente para llevar ese peso?

Viene todo esto a cuento del aniversario que acabamos de pasar. El 17-A me ha traído a la mente ese nuevo cansancio (de tipo psíquico) que sufrimos derivado de la excesiva exposición a las noticias.

Ahora lo sabemos todo, de todos, en un instante. Dramas, catástrofes, mezquindades, salvajadas, miserias. Todo llega de golpe, sin solución de continuidad, y va entrando sin excesivos filtros en esa mochila que llevamos a la espalda. Debemos seguir con nuestra rutina como si tal cosa pero no es cierto: están todas esas piedras que cargamos porque nos afectan y mucho.

No somos insensibles y tanto drama nos hace dudar. Nos recuerdan la fragilidad en la que nos movemos. Hace falta una constitución psíquica muy fuerte para llevar, con dignidad y gallardía, semejante carga. Por eso hay que pensar en el descanso: nunca ha sido tan importante como ahora.