14/11/2006.- Cuenta Paco el Pocero, entre nostálgico y desafiante, que cuando él llegó al pueblo de Seseña sólo había un paisano y un burro. Ahora podemos asegurar que el censo de pollinos se ha duplicado y no sólo rebuznan, sino que son capaces de dar ruedas de prensa. Ya se sabe, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Don Francisco culpa al alcalde de mancillar su imagen que, como todo el mundo sabe, hasta ahora era un espejo en el que mirarse las generaciones venideras. Además, le pide una indemnización de seis millones de euros por sabotear sus negocietes. Una cantidad simbólica, calderilla para llenar el depósito de ese nuevo yate que deja a la Pinta, la Niña y la Santa María a la altura de una patera.
Paco el Pocero brama contra el alcalde porque el hombre no le deja construir chaletes con la misma facilidad que si echara migas a las gallinas. En una exhibición sin precedentes de su espíritu democrático se pregunta quién es ese tipo para prohibirle a él hacer las casas que quiera, donde quiera y cuando quiera. Es verdad don Paco. Le voy a echar una manita.
Usted acaso quisiera decir que quién es ese muerto de hambre para impedir que usted haga lo que le salga de los testículos. Usted que tira de chequera hasta el punto de sufrir contracturas en los dedos no puede doblegar a un tipo que insiste en que las casas, además de ladrillos, deben tener, por ejemplo, agua para beber, usar el bidé o darte una duchita.
Tonterías sin duda, don Paco, pero así es la gente de pejiguera. Ya ve usted, agua, luz, carreteras para poder llegar. Si es que cuando nos ponemos a pedir somos insaciables. Como usted, que con los dineritos que ha ganado ya podía retirarse a tomar el sol en la proa o en la popa del trasatlántico y evitarnos tanto sonrojo.
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