Ni olvido, ni perdón
Con los años —me acaba de caer otro más sin yo pedirlo— uno se despoja de pasiones o, al menos, afloja de intensidad las que han sobrevivido. En mi caso, más allá de la propia de aquellos amores que bajaron a por tabaco y jamás volvieron, la que he sentido por mi equipo me proporcionó algunos pasajes inolvidables de mi vida. Entrar por primera vez en el Bernabéu con apenas seis años, el inolvidable aroma a hierba que nos llegaba a los pequeños alineados por los familiares en la primera fila del fondo, ver tan cerca a ídolos como Gento o Amancio, pedirles autógrafos a la salida de los entrenos en la vieja Ciudad Deportiva o celebrar con abrazos de extraños los goles son vivencias escritas con mayúsculas.
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