11/11/2006.- Cleo es, con cuatro añitos, la artista mejor pagada de Rumania. Con esa tierna edad ha lanzado un álbum, lo presenta y da conciertos de dos horas a una media de mil euritos la canción. Vamos que, al lado de Cleo, Mozart era un mierda. Me refiero a la precocidad artística, claro. No quisiera yo ofender al genial músico que, como saben o deberían, daba conciertos de piano con seis años. Yo era más de Richard Clayderman hasta que me subyugó forever el pianista de Parada. No sé si fue precoz (desconozco su vida sexual) pero a mí siempre me ha parecido divino.
Acabo de ver su último videoclip, el de la niña por supuesto ya que el del pianista de Parada se rodó en Cinemascope y sólo se guarda una copia en la Filmoteca, y, que quieren que les diga, la pequeña Cleopatra Stratan canta como cualquier otra niña de su edad sólo que en rumano. Que cante igual que cualquier niña de su edad no significa necesariamente que no afine más que muchos superventas. El que afina bien deber ser el padre, también cantante, que se ha tomado como un reto aquella máxima que pintábamos en los andenes del Metro. 'Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos'.
Y eso que por aquel entonces nos emancipábamos antes de que nos concedieran la pensión contributiva o negociáramos la prejubilación. Ahora ya no es que sea un deseo, es que lo de vivir de los padres, es casi una obligación. Pavel, que así se llama el progenitor de la criatura, anda escudriñando fuentes de ingresos por tierra, mar y aire. No contento con trincar el caché de la pequeña Cleo ya se ha dirigido al libro Guiness para que incluyan a su hija como la más precoz entre las precoces.
No quisiera yo ser aguafiestas pero sólo recordar cómo acabó nuestro Joselito se me ponen los pelos como escarpias. Ya saben, de ruiseñor a camello. Es lo que tiene a veces no dejar a los niños que sean niños. Cuando les miras en la cunita y además de ver a tu descendiente le ves como el premio gordo de la bonoloto pues pasa lo que pasa.
Que le metes a jugar al fútbol no para que se divierta él sino para ver si te retiras tú. O le compras una raqueta por tus huevos, aunque él o ella quieran el cuento de Caperucita o un Quimicefa. Yo no soy padre, que sepa al menos, pero si viera a mi hijo con los ojos del inversionista desde luego tampoco le regalaría un libro. Fíjate si me sale escritor o, peor aún, periodista y se ve obligado a estar como su padre escribiendo sandeces a estas horas de la mañana.
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