02/11/2006.- Se acabaron años de marginación masculina. Por una vez y sin que sirva de precedente los machotes nos veíamos arrinconados mientras la mujer presumía del realce de sus atributos pectorales. Aquellos que nos quedamos demudados la primera vez que vimos a la Adriana posando con el 'wonderbra' hasta el punto de tener que recibir los primeros auxilios por falta de oxígeno, hoy somos un poco más felices.
Desde Australia llega el 'wonderjock', el gayumbo marcapaquete que siempre habíamos soñado. Por poner un pero, exiguo sin duda, estos productos tan llamativos deberían ser promocionados por modelos más de estar por casa. Vas a comprarlo como loco, te lo calzas, remetes la lorza y, por mucho que te prives de respirar, no llegas a lucirlo tanto como el muchacho que ilustra esta oda. Otro estilo anatómico, por definirlo de alguna manera, pero no es lo mismo. No nos engañemos.
Sin embargo, soy todo un privilegiado. Habré vivido la era Viagra y la era Wonderjock. No me habrá servido para nada, pero peor fue la moda Ocean, aquellos gayumbos blanquecinos, a la hora de comprarlos claro, que en el barrio, siempre a la vanguardia de las tendencias, llamábamos de 'pedo libre'. Más tarde llegaron aquellos más holgados y estampados que tuvieron nulo predicamento entre los colegas pues solapaba la porción de carne que más se quería resaltar. El 'wonderjock' hubiera arrasado.
Si aún no la hay pronto habrá una línea de bañadores para poder presumir de que, si no sabes nadar, ni siquiera precisas de manguitos para flotar. Con el tuyo te basta y sobra. La trasposición piscinera de la moda Ocean fue el Speedo y los Turbo con raya lateral y, entre los más osados, un incipiente tanga Fiebre del Sábado Noche que nosotros rechazábamos por entender que nuesta masculinidad quedaba en entredicho. El truco del calzoncillo Mulhacén australiano es, según sus diseñadores, que empina hacia arriba todo lo que va hacia abajo. Dios os oíga amiguetes. No veo el día de comprarlo.
Lo malo es que, si hay faena, habrá que quitarlo y, por lo que sé, ahí ya no te prometen nada. Queda el recurso al frotamiento tan habitual en los guateques pero, a estas edades, esas prácticas rayarían en lo que comúnmente conocemos como patético. De todos modos, no será porque uno no está ya acostumbrado.
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