Oye, chico, ven al ritmo sabrosón

Publicado el 7 de marzo de 2026, 10:20

23/10/2006.- Vaya ojo amiguetes. Por su bien revisen sus listados y no malgasten esfuerzos. Mira que mandarme a mí una irresistible oferta para aprender a bailar salsa. Bajo el sugestivo reclamo del ‘Oye chico’ (pongan ustedes el acento apropiado, hagan algo) me ofertan tres deuvedés en el que pasito a pasito me enseñan a menear el esqueleto de modo garboso y sabrosón. Con tres discos no aprendo yo ni a mover la ceja y eso que tengo una gracia que pa’qué. Echo de menos que con el material audiovisual no adjunten una camisa de chorreras y unas maracas. Así me sentiría más integrado y me entregaría de cuerpo y alma a la causa tropical. Aún así me lo estoy pensando no crean.

Me seduce verme dando volatines y agarrando de la cintura a una joven caribeña mientras una de esas tórridas coplillas me invita a que le coma los labios y le haga el amor en el palo de un gallinero. Qué letras, Vírgen del Amor Hermoso. Nunca he sido mucho de bailoteo salvo mi etapa travoltista y el ‘agarrao’ que más que bailoteo era hambre, mucha hambre sexual. Todavía llegué a disfrutar o padecer aquellos guateques de comediscos y aspirina en la coca cola. Algún científico con conocimientos tipo curso CCC había asegurado que esa mezcla resultaba irresistible a las muchachas (que se ponían berracas decíamos en el barrio movidos por nuestro espíritu lírico) y que a casa no te ibas sin haber rozado con el codo, mínimo, algún pezoncillo. Vamos, fantasías para una semana. De consumación ni hablábamos, por supuesto.

Aquello era Misión Imposible I, II, III, IV y las que se les antojen. La única educación sexual a la que podíamos aspirar era a pedir por favor a alguna profesional que nos hiciera un apaño y, por lo tanto, esa vía química de la aspirina era nuestra única y gran esperanza. Nunca funcionó, al menos en nuestros 'partys', con lo cual acabábamos beodos como cubas y sin catar nada que no fuese la cervecita o, para los más aguerridos, los quisquises de garrafón. Bailar, bailábamos, poco y mal. Que quieren que les diga.

Si me pagaran la pasta que a Carmencita por enseñar muslo en la tele pues a lo mejor, pero así, bailar por bailar, como que no me pone. No quisiera pecar de escasa sensibilidad, que uno hasta gimoteo una vez con el anuncio de El Almendro y lloró embargado la primera vez que su sultán levantó la patita para miccionar, pero lo del ballet lo llevo regular tirando a mal. Y no será porque no he tenido veladas maravillosas para disfrutar. Una fue en la mismísima Plaza Porticada de Santander viendo al ballet de Víctor Ullate. En el descanso, que yo no sabía que era tal, salí disparado como el Ben Johnson sin anabolizantes cuando la melodiosa voz de mi entonces churri inquiría un ¿dónde vas? altamente sospechoso ¿No ha terminado?, pude articular con ese tono que guarda en sí mismo una respuesta que no queremos ni oír.

Evidentemente me quedaba otra hora de ver a aquellos gráciles bailarines saltar sobre sus uñitas con esos tutús que Cervantes llevaba en el cuello. La otra fue todavía peor. Danza contemporánea de la buena, buena. Sala de teatro alternativa. Churri también alternativa (era otra distinta). La moza, galardonada en no sé cuántos certámenes, sale a escena. Musha calor, musha calor. Un servidor, al tercer saltito, humilla su cabeza y al cuarto o quinto exhala un ronquido alternativo que provoca la ira de los culturetas asistentes y, lo que es peor, la de mi acompañante. No se puede tener todo. Yo soy más de Nobleza Baturra. Ya saben, si me quieren invitar algún día a la ópera o al ballet, no se molesten. Yo me sacrifico y me quedo en casa aprendiendo salsa.