Gracias, don Enrique

Publicado el 7 de marzo de 2026, 12:02

09/10/2006.- Cuántas tardes con el antebrazo izquierdo sobre la mesa de formica, la barbilla apoyada en él, la lengua medio asomada y la mano derecha garabateando sobre los renglones rectilíneos de las caligrafías Rubio. Madre vigilante para que no me desviara de ellos ni de ese futuro que ansiaba para sus hijos. Todo aquello que a ella le negó la vida. Que mis niños tengan todo lo que yo no tuve. Tantas cosas. Ella fregando escaleras, colegios, pisos por horas, por días, por meses. Haciendo las tareas de nuestra casa en los escasos ratos que le dejaban las fatigas de sus muchos trabajos.

Y yo, allí sentado, inquieto, apresurado para acabar aquella copia y salir a corretear por los caminos de aquel arrabal que a mí me parecía el paraíso. La borra Milan nata que olíamos y mordíamos cuando nadie nos veía, las cuartillas de dibujo de Emilio Freixas, las cancioncillas con las que aprendíamos los ríos de esa España una, grande y libre. Cuántos recuerdos imborrables de aquella patria de la infancia. De un tiempo gris que solo los ojos de un niño podían colorear. Madre se peló las rodillas de tanto fregar, a mí me dolía la mano de tanto escribir.

Ahora, benditamente viva, no retira mi novela de encima de la mesa. La deja allí tontamente por si alguna vecina le pregunta o, sin que lo haga, ella pueda alardear de un orgullo que se ganó con mucho sudor y muchas lágrimas. Mi madre son muchas madres a las que este país, ingrato casi siempre, no les ha hecho justicia. Las mujeres que, acaso sin saberlo, fueron pioneras por vocación u obligación en salir de sus casas para ganarse los garbanzos fuera de ese coto de sumisión machista.

Gente valiente que, sin embargo, estaba llena de miedos. El fantasma de la guerra, el hambre, las estrecheces, la falta de futuro. Caligrafías Rubio ha resurgido en la era mágica de la informática y yo que me alegro. No sé si por la ruta de sus líneas caminaba ya mi vocación. Yo era más de jugar, de canicas, chapines, flechas improvisadas con varillas de paraguas, pero, quizás entre don Enrique, el patrón que alumbró nuestra correcta ortografía, y la tenacidad de mi madre, algo tuvieran que ver. En lo que me corresponde, mi sincera gratitud.