19/11/2006.- A Harry ya le empieza a picar la varita. Normal. Está en la edad. Para estas cosas lo mismo da que seas mago que repartidor de pizzas. El muchacho y su churri en la peli le ha cogido gustillo al roce. Hasta veinticuatro veces han tenido que repetir el plano del primer beso. Me gustaría saber cuántas tomas hubieran hecho falta si en vez de un beso, por razones del guión, le tuvieran que haber propinado una patada en sus cojoncillos. Una y a correr.
Admiro sobremanera la imaginación de la autora de este serial de conjuros, pócimas, escobas voladoras y polvos mágicos (todo se andara Harry; eso sí, si repites veinticuatro veces te sacamos a hombros machote). Cuentan que empezó escribiendo en una cafetería en los duros inviernos porque en su casa no tenía ni calefacción y ahora es más rica que la Reina de Inglaterra y que el McCartney antes de los divorcios. Yo es que no doy con la fórmula.
Eso sí, siempre me queda el recurso de decir que soy un escritor incomprendido y maldito. Maldita la gracia que me hace, pero como no me pida Juliancito Contreras Ordoñez hacer de negro en la segunda parte de Querida Mamá no me veo en el Top Ten. Tengo tan poca imaginación que en los restaurantes de nueva cocina me atoro y acabo pidiendo un filete empanao. Por eso no me siento capacitado ni para leer estos libros ni para ver estas películas sin manual de instrucciones. Y las del Harry todavía, pero no les cuento la saga del Señor de los Anillos. Qué lío de nombres. Frodos, fridos, frigos, frigospiés.
A mí me tienen que poner a los malos y a los buenos y pare de contar. Uno es simple pero sincero. Por no cuestionar el revuelo que arman por un puñetero anillo que deja a la altura del betún al que montó La Faraona cuando perdió un pendiente en un programa de Iñigo (sí, sí, prehistórico pero verídico). Yo soy más del cine profundo y de pensar. Por lo menos si te duermes no corres el riesgo de que una explosión apocalíptica te despierte con el corazón latiendo a la altura del gaznate.
Esos planos-secuencia de diez minutos que te permiten levantarte, hacerte un sandwich mixto, miccionar y volver sin que haya pasado nada. Vamos, vamos. Lo haces con una de estas superproducciones y cuando vuelves ya no sabes ni siquiera si estás en tu casa. Por no hablar de lo bien que quedas ¿Has visto la última de Harry Potter? No, precisamente acabo de visionar (nunca ver) un film iraní premiado en el Festival Independiente de Sebastopol. Dónde va a parar. Allí estirado en las butacas, sin gente, sin banda sonora, echándote una siesta como un rajá y cotizando como intelectual de vanguardia. Es lo que tiene ser minoritario. No ganas un duro y encima quedas como un gilipollas.
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