18/11/2006.- De parte del señor alcalde se hace saber que mi hijo ha sido agraciado con un piso de protección oficial. Qué suerte tienen algunos. Lo digo más bien por lo del padre. Esta singular casualidad ha acontecido en la ciudad de Valladolid. No hay que olvidar que la capital castellana se ha revalorizado mucho tras el paso de Jose por esas tierras. Con el tiempo, excursiones de ancianos y escolares transitaran por las mismas arterias por las que Ansar sopesaba ya su futuro como inmenso estadista. Un museo recogerá, por ejemplo, la servilleta donde, por vez primera, se anotó el 'váyase señor González' o alguna de las ocurrencias con las que nos deleitó cuando era presidente de España aunque España no se mereciera sus desvelos.
En este escenario es fácil colegir que los pisos se han puesto a un riñón y medio. Precios acordes con el santurario de la derecha en que se convertirá con los años. Por ejemplo, el del niño del edil le va a salir por unos veinte kilitos aunque a pocos metros cuestan casi el triple. El chavalín, a pesar de que debe estar falto de recursos porque papi le tiene embargada la paga, ya se ha negociado una segunda plaza de garaje. Todo, por supuesto, dentro de la legalidad vigente.
Uno puede ser un sinvergüenza; pero, eso sí, amparado por la ley. El Estado de Derecho es el Estado de Derecho, aunque sea entendido como el derecho al chanchullo y la prebenda ¿Saben que se lo han puesto tan fácil que ya ni siquiera es necesario trucar las bolas del sorteo? ¿Para qué contratar a un notario o tener que sobornarle? Directamente, no hay sorteo. Ya tenemos bastante con el de la lotería de Navidad. Y así, pues lo dicho, estas casualidades otorgan un piso al nene y otro a la nena del Consejero de Agricultura que, digo yo, ya podía haberle trajinado una granja de protección oficial para que fuera más acorde con el cargo. Hay que ver que suertudos los zagales.
Conozco a jóvenes por decenas que no tienen ni para dar la entrada de una tienda de campaña canadiense. Y eso no es lo peor. Lo peor es que encima al 'toli' de su padre no le ha dado por ser alcalde. Este recurso a la legalidad, el último reducto del culpable, empieza a provocarme cierto dolor testicular. No sé si recuerdan que la Duquesa de Alba, ahora más de moda que nunca con el regreso de las muñecas repollo (por cierto, la Mascó ha adoptado una, ¿no te interesará adoptarme como muñeco-berzas, verdad, guapa?), solicitó las subvenciones públicas para cambiar las calderas de carbón del Palacio de Liria.
Es decir, que el peón albañil, la cajera del súper, el picapedrero y el periodista en precario tuvieron que cotizar para que la señora gozara de calor limpio y sano ¿Legal? Es posible ¿Vergonzoso? A mí me lo parece. Eso sí, tampoco descarte que sea yo un envidioso (lo digo por lo del Palacio no por el pelo de la duquesa).
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