08/11/2006.- Tenía pensado viajar a Nueva York para obsequiar a la ciudad de ciudades con mi presencia, pero, visto lo visto, me he comprado una postal del Empire State y me he puesto a ver Manhattan en el deuvedé. Lo siento por ellos. Esperaré a que llegue el buen tiempo y pueda meterme el equipaje entre las tirillas del tanga. Ya saben, y si no se lo repito para ir intimando, que odio los aviones. Los detestaba incluso cuando podías ir con maleta y una botellita de orujo escamoteada o sea que no les diga nada ahora. Tienes que economizar bultos como si en vez de vacaciones fueras de misión bélica a Irak o hubieras naufragado, te hurgan hasta en el esfínter para ver si llevas una granada de mano (en este caso de culo), te hacen unos interrogatorios que dejan a las SS en unos aficionados, te obligan a llevar expuestas tus intimidades en una bolsita transparente, son caros, tienes poco espacio y encima se retrasan. Un chollito, vamos.
En el aeropuerto de Birmingham han obligado a un pasajero a quitarse una camiseta que llevaba dibujada una pistola por considerarla ofensiva ¿Qué tipo de oposiciones hacen estos individuos? Eso sí, luego suben una manada de hooligans con jerseyses estampados con una florecilla y todos tan contentos. Si usted, como buen latino, luce una piel aceitunada y una cabellera zaina ya puede ir llamando al decolorador de Miguelín Jackson porque lo lleva claro. No le quiero decir nada si le han dado una pedrada en la frente y se ve forzado a llevar una venda-turbante. O alquila una patera o se queda en tierra. La seguridad es muy importante, la mesura también.
Estas 'performances' que se montan los gobiernos occidentales cada vez cuelan menos. Estos maquillajes que a veces rozan el ridículo sólo evidencian, precisamente, la impotencia ante un peligro latente ¿Por qué los aviones y no los trenes? ¿Por qué no los grandes almacenes? ¿O los campos de fútbol? Porque es imposible. La solución por la que se ha optado es concentrar en un solo punto todas las medidas, las sensatas y las absurdas, para fijar la atención y, a ser posible, que nos olvidemos del riesgo que corremos. Lo sabemos y aun así seguimos siendo unos privilegiados.
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