07/08/2006.- Mira que yo hago lo posible y más pero no hay manera. Somos el país de la Europa comunitaria que más horas trabaja y el que menos vacaciones pagadas tiene. A mí no me sacan los colores más. Aviso para navegantes. Acabo de colgar la hamaca de macramé en el despacho y he llamado a los inspectores de la UE para que sepan que una cosa es ir al trabajo y otra trabajar y a nosotros que no nos vayan humillando por ahí como si fuésemos los más 'pringaos' del Viejo Continente. Qué sabrán estos europeos si comen a los doce de la mañana y así no puede tener uno las neuronas ordenadas. Si a esas horas estamos los españolitos con el croissant del segundo desayuno laboral. Y ellos contando horas como si las curráramos. Pues no somos nadie.
Yo, sin ir más lejos porque acabo de venir de pasear con mi sultán y estoy agotado, siempre he trabajado por objetivos, aunque admito que mi único objetivo ya es dejar de trabajar. Estoy en ello, pero se me escaparon las infantas, las Koplowitz se conservan, pero ya me resultan talluditas y con la hija de Onassis no creo que coincida por lo menos en los dos próximos siglos.
Voy a solicitar una instancia en el ministerio del ramo, a saber cuál, para que me declaren patrimonio de la Humanidad y me mimen y me preserven, me restauren, liftings de gratis a tutiplén, y no dar ni golpe; casi como ahora pero ya sin venir ni a por la nómina. Estos europeillos que hacen estos informes no descuentan la franja horaria que, mayormente, los machos ibéricos utilizamos en el currele para la charla-coloquio sobre la jornada futbolística ni los paseítos hasta la máquina del café y ahora además los escaqueos para echar un truja.
Hay empleados que dicen que dejaron el tabaco hace años y también salen a orearse para comprobar lo bien que hicieron al prescindir de ese vicio. Que somos los que más trabajamos ¿por quién nos toman? Una cosa es que nosotros entráramos en Europa y otra bien distinta que Europa entrara en nosotros.
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