Ni olvido, ni perdón

Publicado el 10 de mayo de 2026, 12:24

Con los años —me acaba de caer otro más sin yo pedirlo— uno se despoja de pasiones o, al menos, afloja de intensidad las que han sobrevivido. En mi caso, más allá de la propia de aquellos amores que bajaron a por tabaco y jamás volvieron, la que he sentido por mi equipo me proporcionó algunos pasajes inolvidables de mi vida. Entrar por primera vez en el Bernabéu con apenas seis años, el inolvidable aroma a hierba que nos llegaba a los pequeños alineados por los familiares en la primera fila del fondo, ver tan cerca a ídolos como Gento o Amancio, pedirles autógrafos a la salida de los entrenos en la vieja Ciudad Deportiva o celebrar con abrazos de extraños los goles son vivencias escritas con mayúsculas.

Luego vinieron más y pocas se escapan a una memoria que, como las pasiones, se desinfla con el galope del tiempo. La remontada mítica contra el Derby County hace más de medio siglo (la única vez que fui al campo con mi padre), la bandera hecha con un jirón de sábana, el escudo pintado con rotuladores Carioca, las chinchetas que madre apretaba contra ese palo de escoba que oficiaba de mástil (ver foto)… Y luego, ya como socio —y costear ese lujo no era poca cosa para mi familia—, vivir en el campo las míticas remontadas de los ochenta y también, por qué no decirlo, las humillaciones de ese Milan que hasta manía cogí a las gomas de borrar que me evocaban a esos malditos.

O esos últimos minutos de la Séptima que no puede ni ver atacado por los nervios, las celebraciones en Cibeles, incluida la atónita contemplación del actor Álvaro de Luna saltando como poseído rodeado de una turbamulta al grito de “que baile el Algarrobo” (para los más jóvenes su personaje en la popular serie Curro Jiménez), o aquella tarde que un servidor tenía una boda y acudió con traje y pajarita al fondo sur rodeado de cabestros. Acabé con los zapatos llenos de pisotones y un olor a choto que nada tenía que ver con la colonia que uno se había echado para la posterior ceremonia matrimonial, pero, entonces, todo merecía la pena. Hasta volver antes de vacaciones para no perderte un partido.

He sido un hincha madridista de manual y, pese a todo, he sido y soy, hasta la fecha esta pasión no ha mermado, un ávido lector. Está demostrado científicamente que ambas actividades no son incompatibles. En mi caso, me he instruido lo suficiente como para no echar cuenta —para qué perder el tiempo— a quienes vinculan por definición al futbolero con la ignorancia y el adocenamiento, que no son pocos, por cierto. Allá ellos. Ya digo que se han perdido explosiones de júbilo que no te da, y lo digo por experiencia, leer a Cioran o Marcuse. Nunca he sido de ocultar mis gustos para hacer bandera de ese culturetismo arrogante al que le basta ver subtitulada una película iraní, aunque tengan que contener los bostezos por el qué dirán, para creerse por encima de los mortales que se ríen con Torrente, yo entre ellos.

Sin embargo, quizás por buscar culpables externos para obviar el decaimiento vital interno, eso que fue pasión hoy es, en el mejor de los casos, apatía. Hace unas semanas dejé de ver un partido de mi equipo. Ni recuerdo cuando fue la última vez. Este fútbol de fingimientos continuos, celebraciones interruptus de los goles hasta que el VAR quiera, pausas de hidratación cuando antes sobraba con el botijo en el intermedio, no va conmigo. Será que, además de pureta, soy purista.

Qué decir de esos niñatos tan multimillonarios como consentidos que se han hecho con el poder en ese equipo que uno conoció con los Pirris y Juanitos de turno. Pues solo se me ocurre decir una cosa: me vais a despojar del penúltimo reducto emocional (siempre me quedará el flamenco) que uno conservaba y, para estas cosas, ni olvido ni perdón. Rencor total hasta el final de mis días. Que os den.

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