Hace muchos años, demasiados como para forzar a la memoria a que los cuantifique, oí hablar por primera vez de Argentina. No fue por boca de un cualquiera, sino de Juan Verdú, reconocida autoridad en este complejo universo del flamenco de quien servidor tan solo es un humilde pero devoto aficionao. Por aquel entonces, con otro brío propio de la edad, apuraba uno noches y amaneceres en un pequeño colmao de la Cava Baja en la que se envenenó de quejíos y sentires. Argentina se hizo grande. Y no solo por esa su planta imponente de modelo de cabecera de Julio Romero de Torres.
Anoche, sobre el escenario de una de las salas del Teatro del Canal, se hizo la más grande. No había mejor elección pues que ese remate final en homenaje a la Jurado que bordó como antes lo había hecho en su repaso jondo y enciclopédico al cante con mayúsculas con independencia de su catalogación académica. Como bien sostenía la añorada Perla de Cádiz, el cante lo hace grande o chico quien lo ejecuta. Y Argentina lo hizo mayúsculo. A la altura del reto que se marcó.
Y no era menor el objetivo de rendir tributo a Madrid ―ese Crisol Flamenco al que aludía el cartel― a través de algunos de los grandes artistas que en la capital edificaron su leyenda. Niña de los Peines, la Paquera, las hermanas de Utrera, Camarón, Chacón, Caracol, Valderrama, Morente, el Gallina, Juan Breva… y alguno más que seguramente olvido se antoja más una constelación que una enumeración. A todos no solo respetó, como era su voluntad y así lo reiteró, sino que honró con su conocimiento del cante, poderío vocal y una entrega total como fue, en justa recompensa, la del público.
Más allá de la disección de palos, y el abanico fue amplísimo, a uno le quedará de esa noche inolvidable esa transmisión de emociones que solo el flamenco por derecho procura. Por ello, siempre agradecido . Y ¡Viva Huelva!, por supuesto.
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